Uno de los procedimientos estilísticos de los que habla Tom Wolfe es el punto de vista en tercera persona.
La principal característica del llamado punto de vista en tercera persona es que autor desaparece del texto para dejar hablar sólo al protagonista. Busca que se presente al lector cada escena a través de los ojos de un personaje en particular. Busca dar la sensación de que el narrador está metido en la piel de ese personaje y experimenta lo mismo que él. En definitiva, se trata de que el personaje hable a través de él mismo, en su propia voz, como si fuera él quien relata y no el periodista.
Y un ejemplo de ese procedimiento podemos encontrarlo en las páginas de A sangre Fría. En un pasaje de la obra de Truman Capote, el narrador se encuentra relatando la tormentosa relación de uno de los personajes con su padre. En un momento dado, el narrador desaparece de la escena y deja que el mismo personaje despliegue un monólogo interior. A través de ese recurso, el autor pinta el perfil psicológico de quien terminaría convirtiéndose en uno de los asesinos de los Clutter, una familia de granjeros de Kansas. Pero dejemos que el ejemplo hable también por sí solo:
- ¡Cristo, hace frío! -podía recordar Perry-. Papá y yo dormíamos pegados uno a otro, envueltos en mantas y pieles de oso. Por la mañana, antes del alba, yo preparaba el desayuno a toda marcha, galletas, jarabe, carne frita y nos poníamos en marcha para ganarnos la jornada. Todo hubiera sido perfecto si yo no hubiese crecido: cuanto mayor me hacía, menos admiraba a mi padre. En algunas cosas, lo sabía todo; en otras no sabía nada. Materias enteras de las que casi ignoraba su existencia. De las que no entendía una letra. Como que yo supiera tocar la armónica la primera vez que se me venía una a la mano. Y también la guitarra. Esa gran facilidad musical innata que yo tenía, papá no podía reconocerla. Ni le importaba. Me gustaba también leer. Mejorar mi vocabulario. Quería componer canciones. Dibujar. Pero nunca tuve ningún aliento de él ni de nadie. Muchas noches, en la cama, me quedaba despierto, en parte tratando de controlar mi vejiga y en parte porque no podía dejar de pensar. Y cuando hacía tanto frío que casi no podía respirar, pensaba en las Hawaii. En una película que había visto. De Dorothy Lamour. Quería irme allí. Allí donde estaba el sol, donde todo lo que se llevaba encima eran hierbas y flores.
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